San Luis Potosí, S.L.P, a 30 de abril de 2019
Hola amiga.
Otra vez yo, aquí padeciendo como dirías tú. Me siento exhausta, pero no puedo dormir. Los festejos del día, la escuela, el taekwondo, la comida, la cena… mil cosas. Aún así no puedo dormir, y no es que no pueda en sí. Es terrible por que todo lo que tengo que hacer durante el día lo hago con mucho esfuerzo. Hay días que no puedo ni moverme del cansancio. Es desesperante.
Apenas hoy me llevé un gran susto. Me estaba durmiendo mientras manejaba de regreso a casa con mi hijo. La bocina de un coche me despertó, por fortuna, aunque con todo y su respectiva mentada. Ya estábamos cerca de casa así que llegando serví la comida que había dejado hecha y le di permiso a mi niño de ver un rato la tele. Me senté un momento a su lado para descansar y sin darme cuenta ya estaba dormida. Al principio seguía escuchando las voces de la caricatura que veía mi hijo, después vino esa sensación de caer al vacío. De algún modo instintivo me resistía y comencé a luchar por despertarme, pero no era posible, algo me sacó del mi cuerpo como si me hubieran dado un golpe. Estaba de pie frente al sillón, me vi dormida en el sillón, maltrecha, mientras mi hijo seguía atento a las caricaturas. Aparentemente me encontraba entre el televisor y mi pequeño, pero él no me veía, para él yo seguía dormida. No sé si habría sido agradable que me viera.
Todo se veía borroso y confuso, un viento fuerte golpeaba mis mejillas y por un momento parecía arrastrarme. Me esforcé por mantenerme en pie, pero comencé a hundirme en el piso como si fueran arenas movedizas. Mis manos se estiraron para no caer, pero estaba todo en cámara lenta. No puedes imaginar mi esfuerzo por levantarme y salir, pero no podía con nada. Mi instinto fue tratar de agarrar algo para sostenerme, pero sin éxito. Intenté saltar, gritar, manoteaba, pero nada funcionaba como debía. Era como si el peso hubiera aumentado me inclinaba hacia un costado, muy lentamente y mi desesperación iba en aumento. Me hundiría irremediablemente. Volteé para ver a mi hijo desde abajo, mientras desaparecía poco a poco. Gritaba lo más fuerte que podía, pero no me escuchaba. Como si no fuera suficiente ahí estaba de nuevo, ese gruñido horrendo que parecía mezclarse con alguna frase que no lograba distinguir. Era la sombra que había visto la otra noche, sin rostro, como un garabato borroneado. Sentía que me miraba sin ojos y emitió otro gruñido más tenue, como si me hubiera preguntado algo en secreto. Luego comenzó a moverse en dirección a mi hijo. Le gritaba que no se acercara, pero igual lo hacia y yo a punto de desaparecer en el piso. Sentí como si todo se compactara, me apretaba y por un instante me hundí por completo. Luego desperté y grité desesperada. Mi hijo casi llega al techo del susto. Estaba empapada en sudor y mi pequeño me veía asombrado. Me disculpé, lo abracé y lo besé mucho. Un hueco se había abierto en mi pecho y quería guardar a mi niño ahí para protegerlo de todo.
No sé qué hacer. Me siento impotente. No logro controlarlo. Quizá me estoy volviendo loca…
